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Triángulos: Pilar, desde la ventana

Triángulos: Pilar, desde la ventana Pilar, desde la ventana

Pilar mira por la ventana: el murito de ladrillos destartalado parapetado en el medio de su propiedad no se sabe bien con qué propósito; las palmas reales enanas pintadas a la mitad; los helechos desdoblados que ya nadie riega; Lolita como un acordeón de orejas de hojas de panapén persiguiendo al mismo gato amarillo de cola abultada y uñas de infección; el alto portón: maldito portón cerrado, siempre cerrado, blanco, descascarado; la vecina que le grita a su hijo que no meta alambres por el enchufe; el chiquillo del diario que en lugar de en bicicleta, ahora llega en auto; el reloj, el reloj que anuncia que en tres horas debe estar en su oficina; los pájaros grisáceos de pechos amarillos cantando lo mismo de siempre sin ton ni son; el café humeante que no acaba de colarse; el olor a malagueta del Superior 70 en su frente; el alcanfor en su pecho; las flemas de las mañanas, las mismas flemas de siempre; el pañuelo blanco en su nariz; el: “Paola, acaba y despierta”, el: “ay mami deja ya”, el golpe seco: ese mismo sonido rotundo de todas las mañanas haciendo eco en las piernas de la niña de don Julio y doña Lucy: “por malcriada”, y el “Bua...”, y el “run run” del carro de don Julio, que parece ansiar que den las 4:00 de la madrugada cada día para largarse del panorama, y Pepe. Pepe que no llega, Pepe que no está, Pepe que es un sueño que se sueña en primavera, o en verano, o en otoño, pero nunca en navidad; un sueño matutino o vespertino: jamás nocturno, pero bueno, Pepe al fin, Pepe como es, Pepe que se aparece como una fiebre cuando quiere y cuando puede y si lo dejan... y el calendario anuncia septiembre y falta mucho para diciembre; y Pilar, Pilar sonríe mientras busca sin suerte a Pepe desde la ventana apolillada del deseo de dos viernes de luto dactilar, y se piensa abrazándolo con sus delgadas manos; lo piensa ahora: así, a medio desayuno, a tostada en mano, mientras resbala la mantequilla blanca por el pan de hogaza que huele a fuego, a carbón, a Pepe que con el dedo índice le va soltando con pericia uno a uno los botones de su camisa de algodón; sí, le huele al pan de ese hombre que la besa, la acorrala, la mima, la huele, la estruja y al rato le pasa la plancha con besos de mermelada: así, ella casi lo siente, desde sus manos pequeñas y rosadas, mientras arranca medio ida un pedazo del pan untado en mantequilla; ávida por comerse ese olor que la encandela: el pedazo resbala y cae a merced de la nariz de su Lola que llega de sopetón, olfateando torpemente y engullendo el pedazo de pan sin dar tiempo para más. Y Pilar, Pilar ríe y despierta y acaricia las orejas de su Lola: casi feliz: –¿Te gustó, Lolita, mi Pepe?-, pero en realidad, extraña; melancólica, a cariños para perro, estos días, Pilar, extraña; porque es miércoles 3 de septiembre, faltan sólo tres horas para que inicie el “modo automático” de su día en la imprenta y el maldito portón continua cerrado.
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