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Ceshire

Rueda, uno.

Rueda, uno.

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Tenía los ojos increíbles. Era como si alguien le hubiera encrustado en la cara dos aquamarinas clarísimas, dentro bailaban dos centellas hipnotizadoras. Y no sólo sus ojos eran raros, su cabello parecía sintético, puesto, de muñeca, extrañamente opaco, demasiado rubio, demasiado muerto. La piel era un rastro leve de facciones pálidas, inexpresivas, etéreas; sólo la boca purpúrea y húmeda daba indicios de que en efecto allí había una mujer animada y no un fantasma. Toda ella parecía de mentira, una muñeca mandada a pedir por catálogo, demasiado perfecta para aquellos rumbos de ejecutivos trasnochados y obreros de la noche. Debí sospechar alguna cosa cuando reaccionando a su insistente mirada le ofrecí un trago y declinó mi invitación descruzando y volviendo a cruzar las piernas como un abanico de mano que en lugar de fresco echara calor.

Aquella mujer no comía, no bebía, me miraba con insistencia y sin pronunciar palabra: ¿Qué quería y qué la hacía fijarse en mi? Estas cosas pensaba cuando le di la espalda para sorber mi whisky y aclarar un poco mis ideas. Hacía ya nueve años que no sabía lo que era sentirme deseado por una mujer. No desde que sorprendí a Norma en ropa interior desayunando pancakes en casa de mi amigo Mario. Diez segundos dejé pasar antes de voltear a buscarla. Para mi sorpresa y como si se tratase de una aparición, ya ella estaba sentada junto a mi en la barra. Una fracción de segundo y su helada mano se posó en la mía. Se movía como un celaje, con movimientos suaves y rápidos: -¿Qué haces aquí? -preguntó como si estuviera recibiendo un telegrama de mis pensamientos. Su voz era melodiosa, rítmica, y ahogaba cualquier otro sonido. -No más despejándome un poco. -contesté sin sospechar lo que estaba por comenzar. -¿y tú? -carraspeé esforzado por no dejar ver mi estado de turbación por el alcohol. Pero ella contestó con otra pregunta: - Dime, ¿Sabes qué día es hoy? -27 de marzo. -contesté yo. Entonces sonrió. Tenía los colmillos desproporcionados al resto de los dientes, y por un instante pensé que estaba en presencia de una mujer vampiro. En tal caso todo lo demás hacía sentido. Ante la ocurrencia no pude evitar echarme a reír. Ella continuaba observándome, su boca era ahora una curva imperturbada ante mi risa imprevista. -¿Y cómo te llamas? -pregunté recuperando el aire. -Veintisiete -contestó ella muy seria y yo tuve que llamar al barman para ganar tiempo y digerir la extraña situación. -¿Deseas uno? -dije levantando el vaso, orgulloso y viril, pero ella no se inmutó en contestarme. Lo único claro para mi era que ella haría las preguntas -¿Qué hacías hace dos días? -me interrogó con una voz diferente a la anterior, y cuando lo dijo, su mano larga y delgada resbaló hasta mi entrepierna. -No más trabajando. -dije nerviosamente mientras sentí con sorpresa que ella abría mi cremallera. Nunca antes una mujer me había hecho un avance tan desvergonzado. -¿y luego? preguntó con una articulación exagerada que no parecíó pertenecerle. Su mano subiendo y bajando detrás del mostrador. -¿Luego? luego no recuerdo. -contesté con una mueca alargada, mitad susto, mitad excitación. Traté de poner mi mano sobre la suya pero como si se tratase de una película de suspenso su mano imposible ahora estaba sobre la mesa. -Señorita... Veintisiete, -dije arreglándome el pantalón, ¿Se está burlando usted de mi? -Entonces clavó sus ojos en los míos, y juro que pude ver nítidamente mi triste reflejo en ellos. Un hombre solo, a falta de pista, medio mojigato, una arruga vertical surcándome la frente, la muletilla de un trago en una mano, la otra hecha un puño, las pupilas dilatadas, la víctima perfecta. -¿Igual que hoy? -insistió ella convertida nuevamente en holograma. -Igual que hoy -respondí yo, ahora lleno de sospechas. -¿y dos días antes de e..? -También -la interrumpí en seco. -No sé a dónde vas con todo esto. Mira, si lo que buscas es robarme, no cargo efectivo encima y... -Entonces la vi voltear el torso con el digno equilibrio de un gato, su cuello blanco quedó expuesto y pude ver en él, un extraño tatuaje redondo de lo que me pareció era un calendario antiguo. Pensé que se iría molesta pero inmediatamente sentí su mano de cristal acariciando mi cuello y su aliento de vino en mi oreja: ese peculiar olor a hembra o conjuro de progesterona que de alguna manera evoca empezando por tu madre a todas las mujeres que has amado. Y tal vez porque estaba entrado en tragos o porque ella era tan seductora no tuve la voluntad para moverme. -No vine por tu dinero. -Susurró imperturbada ante mi actitud. Y deslizó sobre el mostrador una tarjeta dorada cuyo epígrafe leía: Srta.Veintisiete. Entonces exhaló y juro que pude ver el peculiar hálito de su boca metérseme por dentro como un imposible guante de humo turbadoramente negro. Dio media vuelta y su cabello de maniquí me dio un coscorrón. Ligera, se echó ambas manos a los bolsillos y se fue balanceando las nalgas sobre unos tacones rojos demasiado estrechos; una correilla de estrás terminada en corazón enredada en cada tobillo.

Continúa

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2 comentarios

Ceshire -

Yole, eres bienvenido siempre.

yole -

Un paseo me acercó a los caminos de tus letras...que sigo despacio.
Saludos desde este lado.
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