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El ejecutor

El ejecutor Perseguía.

Víktor Faikenblat llevaba dieciocho días y trece horas midiendo, estudiando, observando: de estratega; más, de ejecutor cuidadoso, de guantes blancos, sigiloso, sin dejar ni a sol ni a sombra, pero, entre ambos. Esta vez el blanco de su dedicación se llamaba, Ana Rosa, y se apellidaba, Rosa; dulcísimo detalle la cacofonía que provocaba en ella, ese, su apellido, aunque no así de dulce su corriente genealogía; "Rosa" era un apellido sin historia, ordinario, híbrido; cosa que lo desalentaba en su empresa romántica. Sin embargo, la flor, -como prefería Viktor llamar a Ana Rosa-, compensaba aquella falta de abolengo con la cualidad de excelencia que exudaba su piel cobriza de reina antillana y la calidad sin igual de su cabello indio, dócil, como un mar de castañas planchado sobre su espalda de Partenón. La flor, era la excepción al buen gusto: llevaba con escandalosa elegancia las peores trafalerías; en ella se refinaba la arrabalería de una zirconia en la nariz, y se mitificaba el horror de un lunar rojo a mitad de la pantorrilla. Aquella mujer era una controversia, una rosa gris, nacida de un pámpano, un buen par de labios finos, rojos, húmedos, de ángel y unos ojos que eran dos lunas gigantescas, de sombrilla, oblongas, rubias, aunque bueno, Víktor Faikenblat nunca se los había podido escrutar bien, porque la flor era de las que bajaban los ojos ante cualquier provocación de hombre, cosa que era buena para Víktor, facilitaba sus planes, lo volvía a él, invisible; y a ella, una casa abierta, toda llena de tesoros, de luces encendidas; y él, su noche, obscura, siniestra, reinventándola: le cambiaría el apellido a "De la Rosa", que era más sofisticado, y algo más, pero bueno, ya habría tiempo para mirarle los ojos a la flor, para cambiarle el nombre, para admirar el envalentonado lunar rojo, ahora era tiempo de investigación: quienes la frecuentan, cuándo se queda sola, qué come, este detalle era importantísimo, lo excitaba, qué comía, cómo comía, a qué hora, que cara ponía al echarse con aquellos dedos de uñas cortas algo a la boca: ahora que lo pensaba, nunca la había visto comer, la flor parecía ser como los pájaros más frágiles, solitarios en estos menesteres, de estómago delicado, Víktor Faikenblat tendría que dormir en su tejado, a expensas del mal tiempo, debería colgarse de los aleros de su casa como los murciélagos y esperar paciente si quería verla probar siquiera agua: entonces, el líquido, o lo que fuese, bajaría por su delgada garganta y aquello sería sublime, a ella le gotearía saliva la boca, haría un leve gesto femenil con los labios, él tendría una estupenda erección, se le pondría la piel de gallina: los bellos de su barba en pie de guerra lacerarían su piel; se le haría imposible la amenaza del orgasmo, tendría que masturbarse y luego el ruido; y los vecinos: escopeta en mano; y la flor, cerrando todas las ventanas, pajarillo asustado, pasando todos los pestillos; Ana Rosa De la Rosa, cada vez más lejos, y sus dedos de alfeñique ahogando los botones del teléfono con quejidos de susto: -policía, policía-. Y llegarían los uniformados, y Víktor recibiría la paliza de otras veces, y finalmente, la flor-ángel, quedaría fuera de alcance: aquello no podía ser. Debía tener cuidado, recordar a la numero 34, sufrir en la memoria sus cabellos azabache pidiendo a gritos ser tocados, la piel de bizqué, el cuerpo redondo, la policía alemana entrando en escena y la número 34, triste, tristísima, gritando: "Es él, es él", pero en el fondo, y como todas las otras -y esto era lo que más le dolía a Víktor Faikenblat-, esperando la embestida final; paciente al último acto, las piernas de leche, devotas, entregadas a él; y las esposas en sus manos, el crimen de la impotencia, y 34, defraudada, tan enamorada, esperándolo aún, en algún lugar de Alemania con sus piernas aún abiertas, su cabello negro derramado sobre sus grandes pechos de amazona, una mueca de ansiedad, parecida a la que exhibía él, ahora que la recordaba: exilado, escondido, escapado, lejos, lejisimo, en medio del Caribe, con un español forzado y con una erección dolorosa, y era todo a causa de ella, pero bueno, hoy no era un buen día para recordar a la número 34, hoy era un día para poner empeño en la número 105. En observar el bamboleo de su camisa blanca sobre sus suaves formas: ¿Adónde iba hoy? ¿Por qué llevaba tanta prisa? Casi se podía apreciar la piel de aquella espalda broncínea, si tan sólo se estuviera quieta: ¿Cómo era que jamás le había logrado ver la parte alta de la espalda? Aquel pelo indio eternamente derramado sobre ella le impedía... Y lo miro. De la Rosa, volteó su cara, circunspecta, y le dio una mirada cautelosa, respingada, avispada, extrañamente oscura, ajena. Se nubló el cielo, sopló el viento, el cabello indio, acróbata, se columpió, hizo una graciosa pirueta, y cayó sobre sus hombros geométricos, dejando al desnudo el vivo tatuaje de algo que no se entendía bien: ¿Eran un par de aves? ¿Un par de alas negras? ¿eran formas sin más? ¿Qué era? Algo refinado sin duda, lo llevaba ella, y Viktor sintió la excitación de la duda subiéndole por las piernas, circulándole hasta las manos, sonrojándole la cara, vino la oscuridad a nublarle la conciencia, se esforzó por no caer, esta no era la primera vez que sufría un mareo repentino a causa de la excitación, se apoyó del mirador de "Heavenly" unos segundos, rogó a Dios para que todo pasara rápido, rogó a Dios.

Para cuando abrió los ojos la flor se había marchado: ¿Adónde?, una punzada en la sien y ya no importaba, ya habría tiempo para acecharla, de repente se sentía muy mal, cansado, viejo, se movilizó hasta su casa, arremetió ansioso contra el picaporte, necesitaba dormir, abrió la puerta y por primera vez le molestó el desorden, las fotos empapelando de números con sonrisas apagadas sus paredes. Le dio nauseas el olor a morfina, los periódicos en el suelo, las tijeras, las latas de comida, las malditas bolsas negras llenas de basura de meses, goteando hormigas enfiladas hacia él; -Por Dios, Viktor eres un cerdo-, -yo solo quiero dormir-, nuevamente el mareo, dejarse caer sobre las paredes, esperar.

Esperar.

Perfiló sus pasos hacia la habitación, atravesó el pasillo de libros abiertos, zapatos sin pareja, alambres, ropa hedionda, entonces la sangre, los insectos, la caca fermentada hasta los límites, los vasos de agua por todas las esquinas, tal vez el grito moribundo de alguno de sus números-amantes, el recuerdo de 34 aterrada: "Es él, es él", el peso de la vida, sus 48 años. Llegó al marco de la puerta de su habitación, se sintió aliviado, este era el único lugar en donde no permitía el desorden, cerró la puerta con un golpe fuerte, recorrió a ojos cerrados la oscuridad de la habitación, atinó a encender el aire acondicionado, hacía más calor que nunca, se recostó en su cama, cerró los ojos, pensó en De la Rosa, la numero 105, la del cabello indio, y no pudo recordarle la cara. Abrió los ojos, asustado, algo no estaba bien, siempre había tenido los números y las cuentas bien claras. Escuchó que algo se arrastraba debajo de su cama, una risilla de duende salpicó sus oídos, lo recorrió un escalofrío, quiso levantarse pero una mano de mujer, o de hombre, o de duende, le impidió el movimiento; lo voltearon, una mano gigantesca, o mil manos gigantescas, lo forzaron a permanecer de espalda. A puño cerrado, hasta el brazo, una mano de piedra lo sodomizó sin contemplaciones, desgarrándolo, gritó fuerte, lloro, -maricones, malditos maricones-, y el silencio, y el sudor frío encharcándole las facciones, y luego sintió otra mano, y otra mano, y otra y otra y otra, y cada vez mas fuerte, contó hasta ciento cinco con gritos desgarradores, y luego sintió un cuerpo de hombre, claramente, aquello era un hombre, enorme, no, aquello era una bestia, trepándosele encima, y penetrándolo, sudando sobre su espalda, gimiendo, riendo, gritándole obscenidades, y él, llorando: "quítate, quítate". y el líquido escurriéndose por sus nalgas y otro hombre, y otro hombre, hasta ciento cinco en charcos vizcosos: -Ya no merezco vivir-, y mientras lo decía, sintió que se alivianaba el peso sobre su espalda, y pudo ver claramente un muslo de mujer resbalando de la cama, luego vio el cuchillo entre los dedos de uñas cortas, las alas negras naciendo del omoplato; eran alas, el lunar rojo, la sonrisa torcida: -Viktor, eres un cerdo-. Y todo se le hizo negro.
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