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Ceshire

Asesinos

Asesinos Asesinos
Para Saúl, que en paz descanse.

Aquella canción arabesca
me remonto a tu regazo
de inciensos de canela
de olor a polvo y penumbra
en aquella recamara gris
de sábanas sucias y viejas.
Ay de tu risa y tus besos.
Ay de tu voz triste y dulce.
Ay de tu arte perverso.
Ay de aquel diario negro
en donde me retrataste a mí
con el nombre de una diosa.
Buge ce, buge ce,
Y me remonté hasta tus manos,
retorcidas y agrietadas
talladas en piedra de mármol.
de sabiduría ignorada
de perfección vulgar.
Aquel olor, aquellos dedos.
Aquella guitarra tuya.
Aquellas historias inéditas.
Aquellos cuentos de Allende
en donde te hallé desnudo
entre el amor y la sombra.
Aquel teclado vampiro
con que se te iban las horas.
Aquel Japón que atrapabas
entre animación y discos.
Aquella felicidad dolorosa
de frustrados: “nos queremos”.
Y lloré por ti y por mí
en los brazos de otro amante
con la mirada perdida
en tu mirada y tus labios
y el cinismo del recuerdo
tatuado sobre mi paz.
-Celeste Atreum. Tu Recuerdo.

El revolotear presuroso de señoronas rollizas, de traseros gigantescos aprisionado por licra multicolor y fajas indiscretas atrajo su atención. Aquel empeño de las señoras en apretarse las carnes con disfraces de verduras le encendió en una sonrisa el semblante. Observó un instante la sobriedad intermedia de su pantalón gris tormenta y la rigurosa discreción de su camisa negra de cuello de tortuga, echó una ojeada por sus tacones oscuros de tela sobria y opaca, asistidos por aquella carterita de mano tan introvertida y silenciosa que había comprado más que por impulso y moda, por amor a lo austero y simple y se sintió salida de un magazín blanco y negro de los años veintes. -Soy un extraterrestre ajeno a todo giro de la moda, –se dijo a sí misma, paseando su mirada por sobre aquel alboroto multicolor y yéndose a sentar sobre el regazo de un banco de Plaza las Americas. Su sonrisa se extinguió y se quedó como hipnotizada por los alegres rollos de carne vestidos de carnaval que iban y venían haciendo divagar su mente. Rojo, verde y amarillo eran los colores de la temporada. El licra y el spandex estaban pasé desde hacia mucho, pero igual la gente se los ponía, disfrazando su textura con dibujillos de frutas frescas y margaritas escandalosas. Urra por aquellos michelines de carnes mofongas tambaleantes a merced de estampados elásticos, pensó razonando que resultaba una manifestación espiritual eso de posicionar el color por encima de la forma. Acarició con curiosa discreción los suaves pellejos asomados sobre la cintura de su propio pantalón y se sintió miserable por no poseer el valor para vestirse ella también de fruta fosforescente. Volvió a mirar su atuendo salido de mentes daltónicas y por milésima vez en el día le recordó. -Que modelo de los años veinte ni que nada, soy una de las impresiones salida de los trabajos de Edgar Devas. Y se volvió a pellizcar el abdomen, absorta en un par de nalgas temblorosas, que tomaron la forma de dibujillos perversos sobre diarios de cuero negro. Comenzó a ver letras extenderse sobre las enormes curvas fruteras. Vio escrito en ellas poemas, secretos, quejas y complicidades. Comenzó a salir de ellas como si fuera un perturbador gas el sonido de una guitarra anciana ahogada por el uso, por la tristeza, la felicidad, la rabia y la pasión. Aquella guitarra harta de ser voz cantante y de traer las cuerdas despeinadas y la espalda tatuada con cursilerías de amantes. Ahí estaba, invocada por el poder de curvas en celulitis la peligrosa guitarra mujer Marilyn, cuantas veces no sintió celos del poder de seducción que poseía aquella guitarra despeluzada sobre los humores de su amante. Detrás de ella, entonando una melodía de Ricky Martin, lo vio a él, con sus dedos de granito, alargados, melodiosos, y aquellas facciones tan finas como de mujer fea. Como siempre andaba medio desnudo, vestido con aquella camisilla tan vieja que siempre pensó, muy bien pudo haber pertenecido a algún conquistador salido de los diarios de Colón. Dos orgullosas manchas de tinta se extendían sobre aquella reliquia de algodón haciéndole el coro a su imagen de pordiosero y un par de piernas blanquísimas, largas y bien formadas le elevaban al rango de ángel encubierto, ángel caído, tal vez salvador, que más daba.

-“Vuelve, que sin tí la vida se me va” – le escuchó tararear a coro con Marilin, carcajeándose por momentos en mofa a su propia voz, observando de reojo a la esbelta rubia despeinada en tacones y vestido, extendida sobre el suelo como un maniquí viviente que ajena a los ecos de su propia historia leía con el seño fruncido una novela de Allende. -“He intentado buscarte en otras personas” -Continuaba cantando, mientras ella lejana se dejaba ver los muslos, no por seducción, ni vanidad, sino por comodidad. -“No es igual, no es lo mismo, nos separa un abismo, ay vuelve...” -y ella le echó una mirada discreta, desconcentrada al fin por aquella vergüenza de entonación. –¿Por qué la obsesión por esa canción tan deprimente? -A lo que él respondió con una sonrisa misteriosa, y la mirada perdida entre los melodiosos cabellos de Marilyn. –Baila para mí, -le dijo al fin. Y ella se quedó tiesa. -“Anda, baila, quítate la ropa de a poquito y baila para mí, no hay nada que desee más en la vida”.- Un mar de carcajadas fue la respuesta que recibió de aquella mujer de cartón. -“Claro hombre, hazte de cuenta que ya bailé” -En una ocasión, venía yo muy tocado por el alcohol, -y recostado sobre la cama divisaste a aquella desnudista de carnes temblorosas y edad madura bailando con suma sensualidad al pie de tu guardarropa, -le interrumpió. –pues yo ni soy desnudista ni tengo las carnes ligeras, -replicó sonriente volviendo a posar sus ojos en el libro. –Te aprendes mis historias con gran rapidez. –Yo me aprendo cualquier cosa con gran rapidez. -Le dijo, y vio como él sin prestar demasiada atención a las palabras que ella acababa de pronunciar, se levantaba con suma agilidad del suelo y alimentaba con el disco de Nine Inch Nails un radio tan viejo como su camisilla manchada. Le vio hacer un suave gesto de placer al escuchar el sonido que comenzó a salir a borbotones de las pequeñas bocinas y bailar al son de “Closer (internal)” en gestos obscenos. -Yo tampoco soy desnudista, -le escuchó decir mientras se quitaba la ropa y se frotaba el sexo. -Y con placer te muestro mis carnes ligeras. -Ella sintió algo requebrarse en su pecho. Eran sus complicados valores de infancia mezclados con la vergüenza y el deseo. -Te prefiero dando alaridos. -Le dijo secamente, posando su mirada en una libreta de cuero negro ubicada al pie de la cama. -¿Crees que te convenga leerla? -¿Te conviene a ti? -Repostó ella arreglándose el cabello en una dona. –Eso depende de ti. -Y ella le dedicó una mirada traviesa levantándose de entre el polvo de aquel piso manchado para descubrir la respuesta. -¿Tu diario? –diario, sueños, poesías, mentiras, dibujos, listas de compras, hay de todo un poco aquí. -¿Estoy yo? –Estas en forma de sueños, pero tal vez no te reconocerías. -Y ella alargó la mano con la intención de descubrir los secretos de su amante, solo para toparse con la mano inhibidora de él. –Es mejor que no lo hagas. -¿Por qué no? Quiero conocer todo lo que ocurre detrás de la mente tuya. –No, en realidad solo quieres comprobar si existen los príncipes azules. -Le contestó él, abandonando el cuarto por unos instantes y regresando con las manos vacías. -Si quieres la respuesta Celeste, no necesitas buscarla en mi diario, yo mismo te la puedo decir. La realidad tal vez triste para ti es que no es así. Los príncipes azules solo existen en los cuentos de hada. Yo soy un hombre real, de carne y hueso. Allí, entre las paginas de ese diario, contrario a lo que tu desearías, no hallarías poemas dedicados a tu belleza, ni odas a tus grandes ojos azules, solo encontraras trazos de mi soledad, de mis pecados, que para mi no lo son, pedazos de mi verdad, que es la única que conozco ¿entiendes? -Ella se quedó fría, su rostro no demostraba signos de pasión pero un par de lagrimas bajo por sus mejillas, entendía perfectamente lo que su amante había querido decirle, esta no era la primera vez que tocaban el tema, los seres humanos habían nacido libres, libres para conocer otras personas, libres para amar coño Celeste, que amar es lo mas grande y mas enaltecedor que nos da la vida, estamos hechos para todos y para nadie, nuestra mente es perversa y sexual si le permitimos serlo. Y si vemos mas allá, no lo es, pues la perversión es una creación inhibidora del hombre sobre la cual se sostienen fines socio-económicos. -Sintió que algo nuevamente se quebraba en su pecho y no pudo hacer mas que respirar hondo y limpiarse la vergüenza sobre sus mejillas. –Coño mi amor, perdóname, ¿Cómo es que siempre te hiero tanto? Tengo veneno en la lengua, no llores mi amor, no llores. Que ante todo te amo, tal vez no como aman los príncipes azules, pero te amo como aman los hombres que no tienen miedo de descubrir su naturaleza, como descubrirías que me amas tú, si no tuvieras miedo de experimentarte tal como eres y reconocer que es hermoso.

Poco a poco el sonido se fue haciendo lejano, y el par de nalgas en brillo volvió a tomar forma de persona y se alejo con sus reminiscencias entre un revuelo niños, mujeres y bolsas. -¿Todo bien Celeste? –escuchó que la saludaban. -Muy bien, -respondió avergonzada por la indiscreción altiva de su mirada viajera. -¿Cómo están esas ventas? -le pregunto palmeando su hombro el hombrecillo de rojo. -Algo lentas. -Respondió como quien recita un poema de memoria. -¿Estás bien? -Quiso saber como todos los días a la misma hora él, mirándola con una sonrisa tan amplia que Celeste se preguntó como no se le secaban en hipocresía las cuencas de la boca. Reaccionó rápidamente con una mirada complaciente y un efusivo “claro”, observando de reojo las caricaturas perrunas en la corbata de su amigo, que manía la de alguna gente de querer convertir a sus allegados en payaso de sonrisa de circo. Que intolerancia a la seriedad, a lo neutral, a lo real, que intolerancia a la vida, pensó. -a ver mujer, échate una sonrisita, que mujeres tan bellas no deben andar serias, -y ella se imaginó, ovillada, bajándose los pantalones y la ropa interior, abriéndose con ambas manos el trasero y dejando al descubierto el circulo rubicundo se su ano, para echarse un apestoso gas en sus narices, ¿que tan bella te parezco ahora, no sabes que la realidad no es perfecta y que la perfección que pretende serlo limita y por ello tampoco lo es?, hubiese querido refutarle, mas se conformó con cortarle con una sonrisa complaciente y un político: -¿Y qué, como vez el movimiento en tu tienda? –a paso lento pero seguro, -le contesto con una mano en la cintura y otra sobre la quijada. -Eso último es lo que reconforta, -añadió ella. -Venga Celeste, deja la tragedia que a ti te va mejor que a mí, -y ella volvió a sonreír, levantándose del banco y arreglándose la camisa en gesto incomodo, -Suerte, Optimo, que vendas mucho,
–culminó, dejándose perder entre la gente.

“Si algún día tus dos ojos se pasearan inocentes, por las letras blanco / negro, de mi solitaria mente, tu corazón noble y niño, cambiaria para siempre con el puñal de mis vicios, clavado sobre su suerte, y no entenderías que te amo y no hallarías conexión, entre el hombre que te muestro, y el hombre que soy Por eso amor, si por novata, pretendieras descifrarme, como yo quise una vez y te aventuraras sigilosa, por los pliegues de mi ser, encontrarías penuria, hallarías confusión, y te perderías auscultando las sombras de mi corazón. Y cuestionarías los nombres, y cuestionarías los fantasmas, y me odiarías por amarte de la forma en que lo hago”. -¿Es un poema?, -No. -¿Por qué entonces la rima? –No sé. Así salió –A la verdad que leyendo esto me doy cuenta que el que vive en un cuento eres tú, tu vida es una canción de Arjona, yo no te tengo miedo Saúl, que es lo que te crees, el gusano en la manzana o algo así. –replicó ella, observando absorta el dibujo en carboncillo de una mujer ovillada, con el trasero expuesto sin ningún tipo de pudor. -¿Y esto? –¿Y esto qué? -¿Este dibujo, que significa? –No significa nada Celeste, es mi mujer, es la desnudista danzante. -¡Ho, claro, como no me he dado cuenta antes, si es tu mujer! -Ay Celeste por favor, no seas infantil. –Y porque tantos dibujos de ella chico, la desnudista ovillada, la desnudista durmiendo a pierna suelta, la desnudista tocándose la potoroca, la desnudista hasta en la sopa carajo. -¿Estas saliendo con otra mujer Saúl? –No. -¿Me amas? –¿Cómo dejar de hacerlo? -¿Me deseas? –Por favor Celeste, bien sabes que me vuelves loco. -¿Por qué entonces veo en este diario tanto dibujo de vieja vulgar chico? ¿Por qué es que no me veo a mí? –Celeste ovillada, Celeste tocándose, Celeste suplicante de deseo acostada en zancadas, eso si que estaría gracioso, a ti hay que pintarte leyendo libros o tal vez meditando en un bosque con dos alas saliéndote de la espalda, no haciendo pornografía. –Vaya, ¿Piensas en ella cuando me haces el amor a mí, piensas en la desnudista danzante? –Celeste por favor, no preguntes lo que no estas preparada para escuchar. –Por lo visto es así, por Dios Saúl que no me amas. -¿Y tu Celestica, cuando estas a punto de alcanzar el éxtasis, estas aquí en la tierra, estas junto a mí, cumples del todo el papel de la princesa del cuento?

-¿Esta pieza es original?, -Favergé traído de Rusia. –Contestó Celeste, reconociendo en aquel rostro y en aquel cuerpo de mujer madura una traición conocida.

No existe la felicidad ni la infelicidad dentro de la eternidad, lo que existe es un punto intermedio, hombre, que de vez en cuando nos congraciemos en risas o nos sintamos deshidratar por llanto, cierto, pero de ahí a afirmar que es posible vivir en felicilandia o que es natural vivir en el país de la desgracia siempre hay un paso muy grande. Lewis Carroll era un hombre sabio. Como me enferman los que sonríen por compromiso y no se dan espacio para más, porque hay que estar positivos, porque no podemos dejar que nadie nos vea la boca de puchero, a ver coño y para que, si te estas limitando tu mismo, si no te haz permitido conocer tus reacciones reales. Ay Celestica, ni me hables de los llorones, que si hace un calor de la puta madre, que si tengo mas deudas que vida, que si estoy gordo, que si el marido me ha puesto los cuernos con una chica mas joven y ay que no puedo vivir más, las causas externas dominan mi existencia, ay de mi que soy la victima... Coño Celeste que dan ganas de ponerles fin a su miseria.

Y Celeste sonrió de forma torcida, entre recuerdos quebró el cristal entre sus manos y pintó de rojo su dolor, expiándolo con su sangre. Nunca supo que sucedió con aquella última cliente de carnes ligeras y gesto sorprendido, por que se perdió en el recuerdo y ya no quiso regresar. Saúl la extraña, la va a ver cada día al sanatorio mental, donde ella lo recibe sin verlo, con el gesto vacío de señales y sin más habla que dibujos que calientan a los médicos y cuentos sobre inocentes princesas traicionadas por rufianes. Enseña los muslos por vanidad y se le olvida abrocharse algún que otro botón cuando camina por los pasillos del hospital en presencia de Saúl. En las noches desaparece de su habitación. Nadie sabe a donde va. Un paciente judío pidió a su familia que lo cambiaran de institución mental porque el seductor demonio de Lillith se le aparece por las noches desnudo y lo tienta a pecar. Recientemente hubo en el hospital un brote de extraños chancros y aftas en la boca. Lo último que dibujó Saúl, fue a la desnudista muerta.
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