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Ceshire

Rueda, dos

Rueda, dos

2.
No recuerdo más de aquella noche, por más que me esfuerzo, no consigo hacer memoria. Nisiquiera recuerdo cómo llegué a mi casa, cómo me quité la corbata, dónde puse aquella tarjeta. Y no es que normalmente me importen estas cosas. Tampoco como si recordara cualquier noche anterior a la del 27. Cuando la vida se repite como la letra de una canción popular, se deja de ejercitar la memoria, se convierte uno un poco en vitrola. Incluso llegué a pensar que todo había sido un sueño. Hasta que llegó junio.

Eran las doce del día y estaba reunido con Charlie en mi oficina. Discutíamos la posibilidad de llegar a un acuerdo con las partes cuando éste se empecinó en que almorzáramos algo. Charlie siempre tenía hambre y además, negociar lo ponía nervioso. Esa tarde llevaba consigo un paraguas negro y sudaba copiosamente. Me recordó a Danny de Vito en el personaje del Pingüino. Normalmente no me reuno con clientes en público pero Charlie no era cualquier cliente; siempre estaba metido en líos, le gustaba salirse con la suya y no le importaba demasiado pagar sumas exorbitantes para ello. Esa tarde me explicó que conocía un excelente restaurante oriental en las inmediaciones y que éste contaba con espacio para reuniones privadas. Llegamos al umbral del lugar y una menuda joven vestida de geisha nos guió a través de un estrecho puentecillo sobre una fuente atiborrada de monedas y peces. Charlie echó una moneda al agua, dijo que para la buena suerte, un banco de peces pardos trató con infortunio de morderla. Un espectáculo francamente desolador. -Todo el dinero del mundo no sirve para saciar el hambre de algunos peces.-bromeó la anfitriona en un tono que a mi me pareció fuera de lugar. Nos guió hasta un improvisado cubículo formado por cuatro biombos de papel pintados de enramadas y pájaros. Era el único que quedaba vacío y estaba decorado escasamente por una alfombra encarnada y una mesilla de piso. Nos sentamos en el suelo. -Supongo que ahora nos vas a hacer quitar los zapatos -espetó Charlie, cínico, acomodándose lo mejor que pudo la barriga dentro del pantalón. La chica sonrió paciente, nos entregó el menú y procedió a servirnos el agua. Al hacerlo, la manga de su kimono se arremangó descubriendo la piel de su antebrazo. Entonces lo vi: el mismo círculo crucificado que le había visto a Veintisiete, pero con una variante, una línea vertical partía la cruz en seis pedazos, de modo tal que se formaba el efecto eidético de una W sobre una M. Por primera vez esa tarde presté atención a la cara de la joven, entonces el óvalo de su rostro se oscureció hasta que sólo quedaron unos horripilantes ojos iridiscentes de predador y unos labios perturbadoramente blancos. -¿Veintisiete? -dije mecánicamente, -Tu muerte, -contestó ella, paralizándome con su voz. Entonces abrió la boca y de sus entrañas salió algo parecido a una langosta; me vino a la memoria el libro de Las Revelaciones. Para mi horror el repugnante insecto trepó por mi pierna y forcejeó con mi boca hasta que logró metérseme por dentro; lo sentí bajar por mi garganta y quise gritar. Entonces las facciones orientales de la joven reaparecieron como en cámara lenta: los ojos negros, la nariz mínima, la boca pequeña pintada de rojo, nada en ella extraordinario ni aterrorizador. Se fue dando pasitos cortos con un gesto en la cara que a mi me pareció desfachatadamente cómplice. Tuve un ataque de tos, sentí un sabor metálico en la boca y antes de que pudiera pensar nada, un borbotón de sangre me mojó la camisa. Entonces, como si fuese un disparo, escuché la voz ronca de Charlie: -Por favor, sabes que hoy es 3 de junio. ¿Así piensas conquistar alguna mujer? -Y salí corriendo detrás de aquella breve silueta satinada perdida ya en la distancia.

De espalda todas las empleadas me parecieron idénticas, todas con el mismo kimono floreado y la misma cara china. Me puse como loco. Entré en la cocina forcejeando y comencé a revisar los antebrazos de todas ellas. Hasta que me di con el brazo equivocado, el de la dueña, quien murmuró con una voz estridente pero apática que qué rayos estaba haciendo, que si no me largaba de su restaurante en ese mismo momento llamaría a la policía. -La señorita encargada de atender mi mesa, necesito hablar con ella, -expliqué, pero debí lucir como un psicópata porque sin una segunda advertencia la mujer se dirigió al teléfono. -Tiene un tatuaje en el antebrazo, es un círculo en seis partes. ¿Alguien aquí conoce el tatuaje? -insistí mientras los cocineros, cuchillo en mano, se hacían ojos y regateaban mi suerte con la dueña. -La Policía ya está en camino, -declaró la mujer y al decirlo abrió la salida de emergencia para que yo me fuera. -¿Alguien aquí conoce a la Srta. veintisiete? -persistí. -Sabe, aún está a tiempo de irse de aquí dignamente. Y cuando lo dijo sonrió, y su serena sonrisa era un certero insulto en japonés. Salí de allí sintiéndome como un infeliz. Atiné a ver a Charlie saliendo por la puerta principal pero no quise afrontarlo. Cambié mi rumbo, casi salí corriendo; me sentía vulnerable. De la noche a la mañana me había convertido en un hombrecillo ridículo con los pies fuera de la realidad. Por primera vez en veinte años lloré, estaba teniendo visiones, seguro que me estaba poniendo viejo.

Continúa

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