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Ceshire

Rueda

Rueda

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Tenía los ojos increíbles. Era como si alguien le hubiera encrustado en la cara dos aquamarinas clarísimas, dentro bailaban dos centellas hipnotizadoras. Y no sólo sus ojos eran raros, su cabello parecía sintético, puesto, de muñeca, extrañamente opaco, demasiado rubio, demasiado muerto. La piel era un rastro leve de facciones pálidas, inexpresivas, etéreas; sólo la boca purpúrea y húmeda daba indicios de que en efecto allí había una mujer animada y no un fantasma. Toda ella parecía de mentira, una muñeca mandada a pedir por catálogo, demasiado perfecta para aquellos rumbos de ejecutivos trasnochados y obreros de la noche. Debí sospechar alguna cosa cuando reaccionando a su insistente mirada le ofrecí un trago y declinó mi invitación descruzando y volviendo a cruzar las piernas como un abanico de mano que en lugar de fresco echara calor.

Aquella mujer no comía, no bebía, me miraba con insistencia y sin pronunciar palabra: ¿Qué quería y qué la hacía fijarse en mi? Estas cosas pensaba cuando le di la espalda para sorber mi whisky y aclarar un poco mis ideas. Hacía ya nueve años que no sabía lo que era sentirme deseado por una mujer. No desde que sorprendí a Norma en ropa interior desayunando pancakes en casa de mi amigo Mario. Diez segundos dejé pasar antes de voltear a buscarla. Para mi sorpresa y como si se tratase de una aparición, ya ella estaba sentada junto a mi en la barra. Una fracción de segundo y su helada mano se posó en la mía. Se movía como un celaje, con movimientos suaves y rápidos: -¿Qué haces aquí? -preguntó como si estuviera recibiendo un telegrama de mis pensamientos. Su voz era melodiosa, rítmica, y ahogaba cualquier otro sonido. -No más despejándome un poco. -contesté sin sospechar lo que estaba por comenzar. -¿y tú? -carraspeé esforzado por no dejar ver mi estado de turbación por el alcohol. Pero ella contestó con otra pregunta: - Dime, ¿Sabes qué día es hoy? -27 de marzo. -contesté yo. Entonces sonrió. Tenía los colmillos desproporcionados al resto de los dientes, y por un instante pensé que estaba en presencia de una mujer vampiro. En tal caso todo lo demás hacía sentido. Ante la ocurrencia no pude evitar echarme a reír. Ella continuaba observándome, su boca era ahora una curva imperturbada ante mi risa imprevista. -¿Y cómo te llamas? -pregunté recuperando el aire. -Veintisiete -contestó ella muy seria y yo tuve que llamar al barman para ganar tiempo y digerir la extraña situación. -¿Deseas uno? -dije levantando el vaso, orgulloso y viril, pero ella no se inmutó en contestarme. Lo único claro para mi era que ella haría las preguntas -¿Qué hacías hace dos días? -me interrogó con una voz diferente a la anterior, y cuando lo dijo, su mano larga y delgada resbaló hasta mi entrepierna. -No más trabajando. -dije nerviosamente mientras sentí con sorpresa que ella abría mi cremallera. Nunca antes una mujer me había hecho un avance tan desvergonzado. -¿y luego? preguntó con una articulación exagerada que no parecíó pertenecerle. Su mano subiendo y bajando detrás del mostrador. -¿Luego? luego no recuerdo. -contesté con una mueca alargada, mitad susto, mitad excitación. Traté de poner mi mano sobre la suya pero como si se tratase de una película de suspenso su mano imposible ahora estaba sobre la mesa. -Señorita... Veintisiete, -dije arreglándome el pantalón, ¿Se está burlando usted de mi? -Entonces clavó sus ojos en los míos, y juro que pude ver nítidamente mi triste reflejo en ellos. Un hombre solo, a falta de pista, medio mojigato, una arruga vertical surcándome la frente, la muletilla de un trago en una mano, la otra hecha un puño, las pupilas dilatadas, la víctima perfecta. -¿Igual que hoy? -insistió ella convertida nuevamente en holograma. -Igual que hoy -respondí yo, ahora lleno de sospechas. -¿y dos días antes de e..? -También -la interrumpí en seco. -No sé a dónde vas con todo esto. Mira, si lo que buscas es robarme, no cargo efectivo encima y... -Entonces la vi voltear el torso con el digno equilibrio de un gato, su cuello blanco quedó expuesto y pude ver en él, un extraño tatuaje redondo de lo que me pareció era un calendario antiguo. Pensé que se iría molesta pero inmediatamente sentí su mano de cristal acariciando mi cuello y su aliento de vino en mi oreja: ese peculiar olor a hembra o conjuro de progesterona que de alguna manera evoca empezando por tu madre a todas las mujeres que has amado. Y tal vez porque estaba entrado en tragos o porque ella era tan seductora no tuve la voluntad para moverme. -No vine por tu dinero. -Susurró imperturbada ante mi actitud. Y deslizó sobre el mostrador una tarjeta dorada cuyo epígrafe leía: Srta.Veintisiete. Entonces exhaló y juro que pude ver el peculiar hálito de su boca metérseme por dentro como un imposible guante de humo turbadoramente negro. Dio media vuelta y su cabello de maniquí me dio un coscorrón. Ligera, se echó ambas manos a los bolsillos y se fue balanceando las nalgas sobre unos tacones rojos demasiado estrechos; una correilla de estrás terminada en corazón enredada en cada tobillo.

No recuerdo más de aquella noche, por más que me esfuerzo, no consigo hacer memoria. Nisiquiera recuerdo cómo llegué a mi casa, cómo me quité la corbata, dónde puse aquella tarjeta. Y no es que normalmente me importen estas cosas. Tampoco como si recordara cualquier noche anterior a la del 27. Cuando la vida se repite como la letra de una canción popular, se deja de ejercitar la memoria, se convierte uno un poco en vitrola. Incluso llegué a pensar que todo había sido un sueño. Hasta que llegó junio.

Eran las doce del día y estaba reunido con Charlie en mi oficina. Discutíamos la posibilidad de llegar a un acuerdo con las partes cuando éste se empecinó en que almorzáramos algo. Charlie siempre tenía hambre y además, negociar lo ponía nervioso. Esa tarde llevaba consigo un paraguas negro y sudaba copiosamente. Me recordó a Danny de Vito en el personaje del Pingüino. Normalmente no me reuno con clientes en público pero Charlie no era cualquier cliente; siempre estaba metido en líos, le gustaba salirse con la suya y no le importaba demasiado pagar sumas exorbitantes para ello. Esa tarde me explicó que conocía un excelente restaurante oriental en las inmediaciones y que éste contaba con espacio para reuniones privadas. Llegamos al umbral del lugar y una menuda joven vestida de geisha nos guió a través de un estrecho puentecillo sobre una fuente atiborrada de monedas y peces. Charlie echó una moneda al agua, dijo que para la buena suerte, un banco de peces pardos trató con infortunio de morderla. Un espectáculo francamente desolador. -Todo el dinero del mundo no sirve para saciar el hambre de algunos peces.-bromeó la anfitriona en un tono que a mi me pareció fuera de lugar. Nos guió hasta un improvisado cubículo formado por cuatro biombos de papel pintados de enramadas y pájaros. Era el único que quedaba vacío y estaba decorado escasamente por una alfombra encarnada y una mesilla de piso. Nos sentamos en el suelo. -Supongo que ahora nos vas a hacer quitar los zapatos -espetó Charlie, cínico, acomodándose lo mejor que pudo la barriga dentro del pantalón. La chica sonrió paciente, nos entregó el menú y procedió a servirnos el agua. Al hacerlo, la manga de su kimono se arremangó descubriendo la piel de su antebrazo. Entonces lo vi: el mismo círculo crucificado que le había visto a Veintisiete, pero con una variante, una línea vertical partía la cruz en seis pedazos, de modo tal que se formaba el efecto eidético de una W sobre una M. Por primera vez esa tarde presté atención a la cara de la joven, entonces el óvalo de su rostro se oscureció hasta que sólo quedaron unos horripilantes ojos iridiscentes de predador y unos labios perturbadoramente blancos. -¿Veintisiete? -dije mecánicamente, -Tu muerte, -contestó ella, paralizándome con su voz. Entonces abrió la boca y de sus entrañas salió algo parecido a una langosta; me vino a la memoria el libro de Las Revelaciones. Para mi horror el repugnante insecto trepó por mi pierna y forcejeó con mi boca hasta que logró metérseme por dentro; lo sentí bajar por mi garganta y quise gritar. Entonces las facciones orientales de la joven reaparecieron como en cámara lenta: los ojos negros, la nariz mínima, la boca pequeña pintada de rojo, nada en ella extraordinario ni aterrorizador. Se fue dando pasitos cortos con un gesto en la cara que a mi me pareció desfachatadamente cómplice. Tuve un ataque de tos, sentí un sabor metálico en la boca y antes de que pudiera pensar nada, un borbotón de sangre me mojó la camisa. Entonces, como si fuese un disparo, escuché la voz ronca de Charlie: -Por favor, sabes que hoy es 3 de junio. ¿Así piensas conquistar alguna mujer? -Y salí corriendo detrás de aquella breve silueta satinada perdida ya en la distancia.

De espalda todas las empleadas me parecieron idénticas, todas con el mismo kimono floreado y la misma cara china. Me puse como loco. Entré en la cocina forcejeando y comencé a revisar los antebrazos de todas ellas. Hasta que me di con el brazo equivocado, el de la dueña, quien murmuró con una voz estridente pero apática que qué rayos estaba haciendo, que si no me largaba de su restaurante en ese mismo momento llamaría a la policía. -La señorita encargada de atender mi mesa, necesito hablar con ella, -expliqué, pero debí lucir como un psicópata porque sin una segunda advertencia la mujer se dirigió al teléfono. -Tiene un tatuaje en el antebrazo, es un círculo en seis partes. ¿Alguien aquí conoce el tatuaje? -insistí mientras los cocineros, cuchillo en mano, se hacían ojos y regateaban mi suerte con la dueña. -La Policía ya está en camino, -declaró la mujer y al decirlo abrió la salida de emergencia para que yo me fuera. -¿Alguien aquí conoce a la Srta. veintisiete? -persistí. -Sabe, aún está a tiempo de irse de aquí dignamente. Y cuando lo dijo sonrió, y su serena sonrisa era un certero insulto en japonés. Salí de allí sintiéndome como un infeliz. Atiné a ver a Charlie saliendo por la puerta principal pero no quise afrontarlo. Cambié mi rumbo, casi salí corriendo; me sentía vulnerable. De la noche a la mañana me había convertido en un hombrecillo ridículo con los pies fuera de la realidad. Por primera vez en veinte años lloré, estaba teniendo visiones, seguro que me estaba poniendo viejo.

Esa noche soñé con mi madre. La soñé joven y alegre, con el cabello azulado y negro. Le caía en bucles sobre un vestido de hilo claro. Deshojaba rosas blancas y contaba los pétalos. -¿De qué me sirven si no me duelen? -se reía. Miré el suelo y vi que los pétalos estaban manchado de sangre. Vi sus dedos enganchados de espinas. Quise detenerla, sonrió, parecía sincera y feliz. -Escucha las señales -dijo, y desde la nariz le nació un repugnante pico negro, luego se llenó de plumas oscuras y opalescente hasta que vi que toda ella estaba transformada en un espantoso cuervo que me buscaba los ojos a picotazos. Rehuyéndole corrí hasta un despeñadero, caí, rodé, me sorprendió un dolor agudo en el costado, luego el sabor salado del mar, sentí que respiraba agua.

Desperté bañado en gotitas de sudor. Al amanecer revise mi agenda y le dije a mi secretaria Lolita que reacomodara todas mis citas, que me tomaría unas vacaciones de un mes. Hacía más de once años que no faltaba al trabajo ni tomaba vacaciones. Lolita, que comía un bocadillo, dejó de masticar y me miró desconcertada, -¿y bien? ¿qué carajo espera? -instigué molesto. Debió sonar como un insulto porque su cara se puso roja como un ají. Jamás le había hablado así. Una ira profusa me invadió. De repente tenía coraje con Lola, con Norma, con Mario, con mi madre, con Charlie y hasta con la dueña del restaurán. Rápido caí en cuenta de que el odio que acunaba mi alma, tenía nombre, el mío. Salí de la oficina y me metí en el Café La Triqueta . Pedí un whisky con limón, luego otro, y otro más. Necesitaba disipar el odio. Para cuando dieron las once de la mañana ya yo había bebido demasiado.

Sonó la campanilla de la puerta y entró al café una linda niña de unos siete años. Era pecosa y pizpireta como un cachorro de leopardo. Estaba vestida de bailarina con el pelo hecho una dona y traía una libreta y crayones. Me recordó una de esas figuras Yadró que mi madre coleccionaba sobre el mueble del televisor. Busqué un guardián o una mamá que acompañara a la chiquilla, extrañamente vi que estaba sola. Dando saltitos de ballet la niña llegó hasta mi, dos preciosos hoyuelos enmarcaban su alegre sonrisa; hizo un gran esfuerzo y escaló hasta el tope del taburete contiguo al mío, entonces, expresiva, me miró como sorprendida por su hazaña. Traté de ignorarla; pero ella, molesta, comenzó a patear el mostrador. Pensé con amargura que yo no era quién para jugar al papá. -bien bien bien... -dijo y comenzó a garabatear en su libreta con tanta fuerza que hizo temblar mi trago. -bien bien bien... -repitió, desbordándolo sobre la mesa. Al saberse evitada optó por observarme y sentí que su mirada era una lupa agigantando todos mis defectos para luego quemarme como a un insecto. La miré molesto y la regañé: -Nadie te ha dicho que es de mal gusto quedársele viendo a la gente. Entonces bajó los ojos, y su peinado de mujer vieja hizo un terremoto al compás de su manita de dibujante. -Para ti, -dijo, arrancando una página garabateada de su cuaderno. "Un garabato de felicidad", leí, e inmediatamente se me soltó una lágrima. -Llorar no sirve, -pronunció. Entonces su carita de niña buena se volvió de agua. Sentí que su esencia infantil me empapaba las facciones. Entonces vi a Charlie con un vaso vacío en la mano y caí en cuenta de que acababa de vaciármelo encima. -¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco? ¿desde cuándo salimos a emborracharnos a mitad del día? -Quise responderle pero no me salieron las palabras. Estaba demasiado ebrio. En lugar de voz, me subió un gusto amargo y caliente por la garganta que salió disparado sobre su cara redonda. Recordé a Linda Blair y pensé que Charlie era el mismisimo demonio.

Desperté hecho un charco fétido frente a mi apartamento. La puerta de la vecina estaba abierta, y en la salita de estar una anciana con el cabello escaso y largo me sonreía desde su sillón. Se repartía entre vigilarme y ver la televisión. Con torpeza traté de buscar mis llaves. Palpé con cierto enfado que mis bolsillos estaban vacíos. Un profuso dolor en el costado me invadió. Pensé que me habían robado así que me quité la camisa y busqué en mi cuerpo algún signo de violencia. Con tal de justificar mi estado me hubiera gustado encontrar que me habían dado una buena golpiza. Toqué mis miembros y me desconsoló notar mi deterioro; la palabra decrepitud no alcanza para describir mi sufrimiento. Estaba envejeciendo y no tenía a nadie que hiciera más llevadero la ineludible gravedad de los años. Me vino a la memoria la carita de bebé de mi hija Camila, recordé con tristeza que jamás me preocupé por verle crecer otra cara mas que aquella. Su mirada vulnerable de recién nacida se dibujó en mi mente con demasiada exactitud; y un peso recién descubierto se afincó en mi pecho apesadumbrandome. No nada más me había ocupado de quedarme sin familia; también había traído a la tierra una hija sin padre. La voz de mi madre se conjuró en mi pensamiento: "Es la naturaleza del padre ver crecer a sus hijos y no al revés". Recordé como ella me sacó adelante sola. Mientras a mi no me faltó nunca un vaso de leche, ella parecía vivír de gomitas dulces y golosinas. Para cuando entré a la Escuela de Derecho sus deudas eran tantas que nisiquiera le alcanzaba para guardar Naranjitas debajo de la cama. Ahora llaman a las de su tipo "madres solteras", un título que encierra cierta dignidad de carácter casi virginal. Pero para cuando yo era niño las llamaban zorras y a la descendencia espuria le decían escoria. Curiosamente así me sentía aquella tarde: más bastardo que nunca.

Llamé a la vieja y le dije que me habían robado; que necesitaba que me dejara llamar a un cerrajero. La vieja no contestó sino que siguió atenta a su televisor. Pensé que podía estar sorda así que me acerqué lentamente. -Doña, ¿me oye?, doña -Al ver que no me miraba, la toqué suavemente en el hombro. -¿Qué día es hoy? -dijo de pronto con una voz que me heló la sangre. Sus ojos nublados de cataratas permanecían clavados en el televisor. -Cuatro de junio -respondí, ingenuo, y ella profirió un gesto de disgusto. -No, vamos... trata de nuevo. -Se hizo un desagradable silencio entre nosotros, no respondí más nada; ya no tenía valor para hacerlo. -La has visto, ¿no es así? -insistió ella con una naturalidad desconcertante -¿A quién? -traté de disimular. Entonces se echó a reír, y había un aterrador fondo acuoso en el timbre de su voz. Un misterio de río o mar que no se puede explicar. Luego dijo alzando la voz y elevando un dedo generoso: -Sabes, no se toma su visita a la ligera. -Una horrorosa sensación de desesperación me invadió, y justo cuando me proponía a reaccionar llegó una mujer joven y se nos plantó en el medio. Era de estatura baja, tenía el cabello rojizo y los brazos demasiado largos en relación con el resto del cuerpo. Jadeaba y hablaba entrecortado como si le costara trabajo emitir sonidos - Perdone a mi abuela, está enferma, tenga, su amigo le dejó esto, - dijo haciéndome entrega de un sobre. Dentro estaban todas mis pertenencias incluídas las llaves de mi apartamento y las del auto. Registrando encontré también el papel garabateado. Saber que no había imaginado aquella niña me desconcertó. En el revés del papel estaba dibujada la rueda de Veintisiete. Al reconocerla comencé a sentir que me asfixiaba. Perdí el balance y caí al suelo propinándome un golpe rotundo en el hombro.


La vieja desde su sillón me observaba ahora imperturbada. Su nieta asomada sobre mi como una bestia no hacía ningún esfuerzo por auxiliarme. Ella era ahora la silueta difusa de un chacal hambriento. Se acercó como olisqueándome; sus colmillos relucían como navajas a la luz de las lámparas. Traté de gritar por ayuda, quizás algún vecino me escuchara pero me di cuenta de que no podía moverme, mucho menos articular palabra. Entonces experimenté que un frío terrible me secaba por dentro como al grano de una uva. Sentí la boca terrosa y los miembros rígidos. De cerca vi que la mujer chacal traía en el antebrazo las dos emes mirándose. Traté de pensar en lo que podría significar este símbolo. Una hermosa voz se conjuró en mi interior: "Es la marca de Las Moiras, las walquirias, Osiris y Anubis; es todo lo mismo". Otra vez vi aquel insecto, pero esta vez mucho más gordo y de un verde esmeralda. Sentí resignado que mientras el insecto trepaba por mi mano y se detenía en mi pecho se me disociaba el espíritu. Ese enigmático humor que normalmente se pasea ligero entre la cabeza y el pecho estaba ahora aglomerado por completo en mi garganta. Abrí la boca buscando una manera de escupirme del mundo. Entonces vi a la vieja levantarse. Su cabello blanco, ralo y amarillento cayéndole hasta más abajo de la cintura era una visión indescriptiblemente grotesca. Bastó un movimiento de su mano para que el sanguinario chacal, lento, se alejara. Luego la vieja se sacó una tarjeta brillante del bolsillo y me la echó encima. -¿Buscabas esto? -dijo y su cara se transfiguró demasiado rápido en por lo menos una centena de mujeres. Distingí la niña del café, también a Lolita, incluso a Norma, un extraño cántico se apoderó de mi cabeza; el lóbrego coro repetía: "Kali, Kali, Kali, Kali...". Me vino a la memoria un mural callejero que llamó mi atención cuando era un niño. El mismo destacaba lo que supuse era un demonio terrible con pedazos de sus víctimas colgándole del cinturón; mi madre me corrigió, aquella era la diosa india Kali, lo que en sánscrito significa "tiempo". Las voces repetían ahora:"Bhavani, Chinnamasta, Chamunda, Durga, Himavati, Meenakshi, Rudrani Sati, Tara, Kumari”. De pronto tenía frente a mi a la mismisima Veintisiete. -Te estás muriendo. -dijo arrodillándose junto a mi. Su piel era ahora de un azúl iridiscente, su cabello, oscuro y largísimo parecía cubierto de estrellas. El mismo le cubría el cuerpo desnudo. Tenía cuatro brazos, y en una de ellos sostenía una espada. Entonces se estiró formando con sus extremidades una cruz diagonal y supe que aquel tatuaje que había visto en su cuello era en realidad su sello. Cuento estas cosas y suenan todas terribles y horripilantes, en realidad en aquél momento no sentí miedo sino resignación y paz. Me quedé mirando su rostro que era bello y devastador como la naturaleza misma. Había sentido una emoción similar al contemplar en el zoológico a una majestuosa leona cuidando de sus cachorros. Un delgado vidrio salvando mi suerte.
-¿Sabes por qué estás por morir? Negué con la cabeza.
Su mano generosa tocó mi costado adolorido y supe que estaba muy enfermo.
-El odio te ha vuelto terco y egoísta. Toda tu vida, y la de los que has tocado, es gracias a tu cobardía, en vano. Vas hacia atrás, contrapuesto, y sin embargo, aún queda cierta benignidad en ti digna de salvarse.
-¿Quieres vivir? -Asentí con dificultud.
Entonces puso sus manos sobre mi cabeza y una gran oscuridad nos rodeó. Lo único visible de ella ahora eran sus ojos y un punto a mitad de su frente que cegaba como un rayo.
-Debes entender que el tiempo no espera por nadie, la vida no espera por nadie, hacerlo sería en realidad hacer lo contrario. Las lecciones que más duelen son también las que nos salvan. Dime, ¿Qué día es hoy?

Y cuando lo dijo sentí un dolor insufrible en todo mi cuerpo, aquello debía ser el infierno. Mi vida entera me pasó por la cabeza. Vi a Norma, pobre, deshabitada de mi, reinventando con dificultad nuestro romance; luego a Mónica, apenas diecisiete años, cargando en su vientre mi simiente. Vi a mi madre yéndose a morir solitaria a un frío hospital de Miami. Recordé a Mario arrepentido, sintiéndose traidor, quise gritarle que yo fui quien los abandoné primero. Recordé a Charlie, pobre diablo, acaso también se moría. De pronto sabía la respuesta, hoy era un día para reivindicarme. Y al pensarlo centelleó la chispa entre sus dos ojos y experimenté una descarga eléctrica que liberó algo en mi mente. Cada poro de mi cuerpo se sentía nuevo y vivo. Rápido sentí que agua helada empapaba mis facciones. Entonces vi a Charlie con un vaso vacío en la mano y caí en cuenta que acababa de vaciármelo encima. ¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco? ¿desde cuándo salimos a emborracharnos a mitad del día? -Quise responderle que había vivido esto antes, pero como adiviné que pasaría no me salieron las palabras. Comencé a dar arcadas de vomito descontroladamente, el líquido pestilente lo mojaba todo. Continué así por unos minutos. Casi me caigo del taburete si no es porque Charlie me sujeta. Finalmente logré respirar y al hacerlo sentí que no necesitaba otra cosa más que ese aire limpio que alimentaba mis pulmones. Escuché una voz femenil a mi lado. Gire el rostro y cuando la vi comencé a llorar. Estaba cambiada, mucho mayor, tendría ahora unos catorce años. Estaba vestida de bailarina y es la visión más hermosa que he visto en la vida. Tenía un pendiente de oro colgándole del cuello, leía Camila.

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19 comentarios

Persefone -

Mañana de julio. Aburrida por cierto. Entré a la red para buscar y encontrar una imagen que relfejara el hartazgo que siento... y me encuentro con esto. Suena "Ombra fedele anch´io". Y ahora sonrío. Es significativo para mi que buscando lo que buscaba pudiera encontrar en tu cuento a Kalhi. Significaticvo y causal. Y como soy una mujer fuera de moda dicen algunos, atemporal digo yo, aún disfruto leyendo. Gracias por esta mañana de sábado (7/7/07) que comenzó aburrida y ahora parece que se alegra un poco.

Ceshire -

Celeste, a veces el periodico te ensucia las manos, que ensucian las ideas, que a su vez ensucian el teclado. Entonces sale un cuento sobre diosas vampiro con cuatro manos, un tatuaje y un hombre egoista que salvar. Gracias por todos los halagos. En realidad lo que envuelvo son mis neurosis. Lo sublime te lo dejo a ti que lo haces mejor que yo. Muchos besos, los mios.

Ceshire -

Pedro, no me insistas tanto en la belleza de lo que escribo porque me da verguenza que un escritor de tu calibre alabe mis garabatos. Remisa, si, esa palabra me describe muy bien. O por que otro motivo iba yo a preferir la poesia a la prosa? Te cuento que todavia uso calcetines, mantienen el espiritu joven, y sobre el baston, para cuando me toque usarlo, yo quiero ser como tu. Te dije ya que tu amistad es un lujo? Un abrazo.

Celeste -

Envolver cristales en papel periódico?... Presiento que la práctica te está haciendo una experta en el arte de envolver lo sublime con lo corriente. Camuflar el cristal con papel periódico se parece a lo que haces cuando escribes. No hace falta imaginar el propósito, pero, sabes? Es maravilloso desenvolver lo corriente para hallar lo divino acurrucado en su interior. Como el periódico envuelve el cristal, como el cuerpo envuelve las almas, tus letras envuelven las sensaciones...

Besos celestes!

Pedro (Glup) -

Ceshire, tiene usted razón, corazón. Mis disculpas. Mi reiteración de excelencia de tu(s) escrito(s). Mi insistencia en tu belleza (interior/exterior). Mi agradecimiento por tu amabilidad (aquí/allí). Mi satisfacción por seguir siendo mi amiga desde hace tanto (aún llevabas calcetines y yo aún no usaba bastón). Mi deseo de que sigas incorporando tu quehacer literario (estás últimamente muy remisa). Mi beso. Eso.

Ceshire -

Celeste si supieras que lo menos que estoy es calladita. Estoy vuelta una loca y claro, cuando no se hace otra cosa que envolver cristales día y noche con papel periódico, queda el consuelo de la voz. Gracias por tu presencia. Es una lástima que no tenga nada mejor que colgarte. Besos.

Ceshire -

Mon, yo tampoco te olvido, te dejé un mensaje en tu página. El 14 me mudo definitivamente. Me imagino que para el 20 he terminado de acomodar las cajas y eso. Un abrazo.

Celeste -

Cuando necesito una sonrisa de gusto... vengo por acá.

Aunque está usted muy calladita.

Shshshshsh.... besito celestes.

Mon -

yo no te olvido y me pregunto si falta mucho para que termines de mudarte ;))

besossssssss

Ceshire -

Don Jacobo que me tienes olvidada, ¿de qué color es la nieve? blanca. ¿Tu planeta sigue siendo azul? Excelente eres tú.

Ceshire -

Celeste reflexiva e inteligente, siempre es un buen día para ello. Pero tú, ¿tendrás algo que reivindicar? No me lo creo. Besos.

Ceshire -

Doña Mon: Es un honor que me leas aún con catarro y mal humor. Sí, Kali vive un poco en todas. Besos muchos. Sana sana curita de rana, si no sanaras sanaras mañana, pero claro, a estas alturas tu ya debes estar curada (yo tambien me estoy mudando).

Ceshire -

Jorge: Gracias.

Ceshire -

Don Pedro de mi corazon, gracias por las verdades, pero mira bien, segui tu consejo antes que lo propusieras. Besos muchos, don maestro.

Dinobat -

Ah!, mi dulce amiga boricua.....excelente no podía ser de otro modo.....saludos,


Jacobo

Celeste -

Sin aliento repito para mis adentros tus palabras como una sentencia: hoy es un día para reivindicarme.

Creo que tendré que tomar cartas en el asunto.

Besos celestes...

mon -

no sé como lo conseguiste, pero te leí enterita, aqui, en un cyber.
estoy a media pila, no pensaba comentar en ningún blog... hoy me siento como Kali grrrrrrrrrrr
besos linda.
y vaya cuento!

Jorge -

Pero que imaginación.Me encantó.

Pedro -

Que tu cuento es excelente. Que no es por nada pero el medio es el mensaje. Que según los estudios de mi página el 73% de los que entran permanecen en ella entre 0 y 30 segundos. Que leer tu cuento me ha llevado mucho más (extrapolando, imagina los que habrán abandonado). Que no soy quién para dar consejos, pero si sugerencias, dado que leer esta pasado de moda, dado que tu escribes tan bien, dado que la mercadotecnia es un arte a desarrollar ¿y si lo fragmentas? (quizás estemos atentos, colgados, pendientes de su desarrollo, de su desenlace) y además incrementas los lectores-admiradores (leerte es sinónimo, automático, inmediato). Y ya puestos, utiliza tus armas, deja tu fotografía, ahí, desafiante, esta soy yo (yo lo hago, caen rendidas ante mi rostro sin edad, la profundidad de mis arrugas, la mirada franca tras las gafas negras, jajaja). Pues eso, que escribes como un ángel (escritor). Te beso los dedos, los veinte.
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