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Ceshire

Schahriar, Sherezada y el buscador

Schahriar, Sherezada y el buscador "Intenté ponerme de pie pero me retuvo casi abrazándome. Una vez más me envolvió con su voz melodiosa describiendo mi belleza, comparándome con las huríes del paraiso de Alá y con estrellas del cine, asegurándome que no se cansaría nunca de mirarme, que podía pasar la vida entera extasiado ante una mujer como yo. Me estaba tomando el pelo, supongo, pero quise creerle. Sus palabras eran balsámicas, nadie me ha dicho nunca esas cosas. Y seguía hablando y hablando siempre en el mismo tono. ¿Acaso yo no deseaba que él también lo pasara bien? ¿Que este fuera para él también un día memorable? La mano se posó en mi cuello y un largo escalofrío me estremeció. Mahmoud insistió en que la cena aun no había terminado, aun faltaban los dulces. Con gran delicadeza deslizó un pastelillo de pistacho y miel en mi boca, sin dejar de acariciarme el cuello, jugueteando con mis collares y aretes... La llama de la última vela vaciló unos instantes y luego se apagó del todo..." Una noche en Egipto. Afrodita. Isabel Allende.

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Hoy serás Schahriar, yo Sherezada y recitaré un cuento tan largo que no tendrás otro remedio que cerrar los ojos y soñar que en algún punto de esta historia se fragua un final. Hablaré sin parar, no tendrás tiempo para pensar, ni para ninguna otra cosa que no sea escuchar este cuento inconcluso, carente de, un círculo blanco dentro de otro negro y la hipnosis de saberte aquí dentro. El sueño, las ganas y el no; porque sé lo que pasaría si terminara esta historia. Aburrido decidirías recobrar tu dignidad de sultán traicionado, pero no, al menos no yo, sólo este cuento sin final, porque lo demás sería suicidio. El buscador del desierto caminaba de noche y dormía de día, y en aquella ocasión iba descalzo. El pantalón arremangado, un bulto gris sobre los hombros, la cantimplora siempre llena colgándole de una de las muñecas y la camisa amarrada a la cintura. Ya volvería a cubrirse el cuerpo cuando saliera el sol. Sus pies ligeros se hundían entre las dunas, todas idénticas a la luz de una luna sonriente. Los escorpiones y las serpientes le rozaban los tobillos como mil lenguas gustándolo, pero el buscador no temía, había nacido con una peculiaridad, jamás sentía miedo. Su corazón no cambiaba de ritmo, su temperatura corporal no ascendía, su piel no secretaba sustancias que lo delataran. Las alimañas del desierto apenas sentían su paso sosegado, por eso no lo atacaban. El buscador tampoco se apesadumbraba si pasaba el tiempo y no encontraba nada; tenía el espíritu alegre. Su único problema consistía en que no sabía concretamente lo que buscaba, y ese es un problema muy grande para cualquier buscador. Lo que sí sabía era que el mejor lugar para encontrar tesoros es el desierto y no la ciudad porque al reducirse las distracciones los ojos trabajan holgadamente y son más capaces, además, "son los pequeños detalles los que guardan las verdades más grandes". Así se decía el buscador justificando su falta de claridad con sana intención, cuando observó que a lo lejos una frontera de smog cortaba de tajo la dignidad del desierto. Al otro lado de la frontera castigaba un sol terrible, era ciudad, ruido y agitación. Una mujer con botas y traje militar caminaba histéricamente con un reloj redondo colgado del cuello, un mapa en una mano, y una ametralladora en la otra. Buscaba ansiosamente debajo de los autos, en las alcantarillas, en los ojos distraídos de los paseantes y las ratas. Una buscadora, pensó el buscador, envidiando secretamente aquél mapa torturado de negras cruces, pero volteó el rostro, buscando horizontes más tranquilos, no se podía buscar en paz con aquél ruido...
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