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Ceshire

Dias de lluvia

Dias de lluvia

Afuera hay nubarrones custodiados por ángeles inconmovibles. Las lluvias de mayo amenazan con borrarme de la faz del planeta. Un Dios envenenado de ira hace amago de declararme la guerra. Dicen los viejos que esta paz que construí encimando mi infancia, está mal, está maldita. Que debo pedir clemencia, doblar rodilla, apretar cilicio alrededor de mi corazón hasta que este pare de latir al ritmo que quiere. Que el dolor purifica el pensamiento. Y tal vez sea cierto, y la duda del cómo vivir es lo más que me mortifica Y sin embargo aquí estoy, sombrilla en mano, sin un manual, pero conmigo misma, sin gracia, pero con religión; mi cuerpo a merced de las corrientes de este mes tempestuoso y huraño. Se desatan desplazamientos de terreno alrededor de mi, imagino rayos como torpedos inscritos con mi nombre. La agua fría me baña, y tengo miedo de morir helada. Sonrío pensando que habrán días mejores. Que el sol detrás del día gris está próximo a secarlo todo. Que los días hay que vivirlos vengan como vengan. Acostada encima de la sombrilla floto: ¿A dónde me llevará la corriente?

Arcano

Arcano

Cargaré tu nombre
como un pesado yunque
encimando mi memoria
de caricias de almizcle.
En el pliegue de mis párpados
cada pestaña testigo
del delito de un transeúnte
del pecado de los vivos.
Llevaré como un pinjante
arrimado a mis pechos
tu mirada plenilunia,
la distancia entre tus dedos.
Zozobrarás si acaso
alguna noche de viernes
olvidado en el melindre
de un jergón redondo.
Me pesarán tus besos
de enredadera ávida
treparás por mis silencios
mas no diré nada.
Serás la débil tentación arcana
que asoma a la retina
de una mujer lejana
y de mis complicidades y reservas
la sonrisa delictiva
del que a solas recuerda.

Solsticio

Solsticio

El poeta esconde su suerte debajo de su zapato,
tras de sí deja el grito de una ciudad aciaga,
su figura a contraluz huye con el poniente,
el desierto lo recibe con carámbanos verdes.

La Numen borra las huellas que le fabrica la arena;
parece que lo quisiera pero sólo lo desea.

Un alacrán se pierde entre dunas de retama
disfrazando su ponzoña tras un hilo azabache.
La soledad es peor que un nido de escorpiones.
El desierto que es desierto se vacía de alimañas.

La Numen borra las horas, los días y las semanas;
parece que lo quisiera pero sólo lo posee.

Un velo de lentejuelas ondea bajo la bóveda,
un viento granuloso mece la hamaca de arena,
el poeta enamorado fabrica versos de sal,
en los brazos de la Numen duerme el sueño de los Justos.

Por dentro

Por dentro

Alejandro Viera lo supo, de súbito, sin más; aquello le llegó como una revelación tan pronto entró a aquella casa deshabitada de ruidos; falta de vecinos; fue el olor a aire despejado y sin perfume lo primero, lo blanco lo segundo, la decoración de vitrina de hotel lo tercero, y Alejandro Viera ya sentía el germen de la nausea columpiándose en su estómago. Luego vinieron las flores que no se encontraban siquiera en los estampados de uno de aquellos gruesos cojines; cojines hinchados, demasiado cuadrados, demasiado negros; las revistas sin arrugas, el piso cegador a la luz de las ventanas, el televisor; ¿Dónde estaba el televisor?, ¿Los libros? -Esther,¿Dónde guardas los libros?-; Y ella lo guió sonriente a un salón helado, forrado con burdas tablillas de metal; sin vidrieras, o cuadros con paisajes cálidos, o Viena, o Paris, o melancólicos otoños, o cualquier otra estación del mes; sin color pero con ventanas francesas y un escritorio rústico limpio, recogido, raso, sin papeles o lápices, o algún libro a medio leer, pero con una lámpara de bronce que era una reliquia y una silla pequeña de madera sólida, sin cojín en la posadera ni en el espaldar ni en ninguna otra parte: dura; y a Alejandro le temblaron las rodillas al sentarse en ella: -No quieres ver la habitación, pensé que a eso vinimos-; y Alejandro hizo un esfuerzo por mantener la compostura, por no desdoblarse en sí mismo y decirle que no, que no quería ver ya nada, hizo una mueca deformada en sonrisa; mostró forzado los dientes y acarició con manos frías la suave mano extendida de Esther:-Es tarde, olvidé que tenía que atender unos asuntos y... -¿así de pronto: miedo?-; y la risa; y el manguillo que resbalaba enérgico del hombro de mármol; la tela negra forcejeando con aquel pecho delicado, suave, redondo; indecentemente blanco, -¿Te asisto?-, dos pasos hacia ella, ella dos pasos hacia atrás, y arriba y abajo y en el centro un capricho escurridizo y:-Esther, ¿A dónde vas?-, y arriba y abajo y ella caminando más rápido, casi corriendo y mano a la cintura, una gota de saliva, la ansiedad:-¿Esther?-, -Al cuarto Alejandro, al cuarto-, y el segundo manguillo se fue, y luego el vestido y bragas no tenía, y las piernas eran dos canillas de cristal soplado por los dioses y él lo supo; lo supo todo el tiempo mientras la seguía por aquel corredor desposeído de fotos; mientras escuchaba el repiqueteo de aquella risilla de ninfa; pero aquella piel y aquellas redondeces; y el hueso del pubis: ¿Cómo eres Esther por dentro? Y la cama de hierro: -reforzado-, corrigió ella; y la mesilla de noche que no estaba, o las cremas de mano, o alguna pieza de ropa que delatara que en efecto aquello era una habitación, que allí se vivía. Y las gavetas llenas de frascos, o la cómoda sucia de maquillaje y perfume, o el radio o el teléfono o cualquier otro cable; pero no. Sólo aquella cama vestida de novia negra y el cruel papasán con otomán y los espejos. Y la lámpara de piso, otra reliquia, y Esther encendiéndola justo antes de soltarle la corbata. Y mientras Alejandro le palpaba los pechos con ansiedad de irse, y no poder ya, y mientras le besaba los muslos y subía, y arriba y abajo, y recibía instrucciones de como encapricharse más. Y mientras se veía en el espejo sentado sobre la cama; una mueca de placer en su cara; el pecho de Esther subiendo y bajando sobre su muslo izquierdo; aquella mujer perfecta tragándoselo todo; el lo supo, por eso no se sorprendió demasiado al día siguiente cuando sobre la cama encontró aquella nota: -al salir, cierra todos los portones-, pero ya era tarde, era tan tarde.

Pies

Pies

Si me miras a la cara jamás sabrás. No verás las veredas cruzadas de señales ininteligibles. Los elfos sobrevolando un cielo púrpura y la señal de peligro en el primer cruce de la bóveda que es verde y no roja. No sabrás que me habita un conejo vestido de traje con un reloj en la mano y la promesa en la otra. Tampoco lo que significa perseguir un enigma con patas, buscar sirenas que no existen, huir del minotauro una y cien veces y que este siempre te encuentre. En mis ojos no verás la duda que es eterna, ni el dinosauro o la caverna que nos separa. No hallarás el reflejo de lo que en mi eres ni de lo que somos. Te engañará mi boca que sonríe, mi lengua que omite y mi gesto apacible de mujer sensata. Tendrías que mirarme a los pies. Los callos y los zapatos cerrados jamás mienten.

Beatriz no existe

Beatriz no existe

Pedro Jorge Romero ha escrito algo sobre un chino que se niega a beber del lago del olvido. Alejo los ojos un segundo del texto para razonar que tú tienes algo del Shih Huang Ti de su cuento por que burlas a los perros sin que se escuche un solo ladrido y no te intimidan las bestias. Yo misma me siento un poco Minos, dejándome ablandar por tu retórica. Confundida, a bajas guardias, relamida a lo Dale Carnegie. Salgo corriendo hacia mi habitación abro el guardahuesos y te busco en las postales que me enviaste ayer, pero entre tantos trazos disonantes, tanta figura geométrica y entre tanto colorín te me pierdes. Nunca he entendido a Wassily. No sé por que te empeñas en enviarte dentro de abstractos. Los únicos abstractos que comprendo son los míos y eso cuando me esfuerzo. La Casa Verde por ejemplo, quién la entiende. A parte de ti claro, que pareces entenderlo todo. Omnipresente. William Randolph Hearst nunca se imaginó que su historia cambiaría el curso del cine para siempre. Si no fuese por los precedentes formales que marcó el filme que inspiró jamás me habría enterado de que existió. De hecho, si no fuese por que te gustó el film jamás lo habría recordado. El simple hecho de que jamás se le pueda ver la cara al detective me causa una mezcla interesante de sueño con nauseas. Se me cierran los ojos, me acurruco sola, se me revuelca el estómago y eso antes del primer error de continuidad. Sin embargo me gustan los amantes de René Magritte, precisamente por la misma razón por la que me disgusta el detective de K. ¿Entiendes? Y me río. Pero sabes, para ser honestos, lo de René y yo va más allá de frivolidades. Su “Valor personal” y esa peinilla de magnitudes enormes sobre la cama lo evidencian. Y no hablo más, por que las vueltas en exceso y los dulces en cada parada dañan las atracciones de los parques de diversiones. Y yo no quiero pecar de confitero de Walt Disney. Pellízcame en la oscuridad, háblame en onírico, envíate en surreal. Es el lenguaje que mejor entiendo, el que me causa menos dudas. Aunque te advierto; a menudo me desvelo. I al decir esto último miro la hora. Las cuatro de la madrugada. El Reloj roto de Dalí me recuerda que el tiempo se hace. Uno de los resortes se suelta y se me mete en el ojo. Te escucho reír. El emperador despierta rodeado de figuras de terracota. El infierno de Dante no le pertenecía. -“Obvio” –le dice Minos. -“Usted está soñando”. -Ahora soy yo quien se siente un poco Shih Huang Ti. Ahora que lo veo, tu siempre fuiste Minos, yo siempre fui yo. Tu cola se enreda en mi cuerpo y caigo en el primer círculo. Me engañaste, solo buscabas juzgarme. Virgilio no aparece. Beatriz no existe. ¿Qué me has hecho?

Confort food

Confort food

Repaso las yautias, cuchillo en mano. No puedo evitar pensar que me he convertido en uno de estos vegetales ásperos de ineludible raíz. Hundo ahora los plátanos en agua con sal y un dejo de sarcasmo me queda entre los dedos. Sé que luego los despojaré de su cáscara, los coceré en aceite, les daré forma de disco, y los regresaré al sartén donde una ola de calor los transformará en otra cosa. Será el cruel espectáculo de una cirugia íntima, "malpractice" del espíritu sobre un picador de frutas. Un menu a la carta para alguien más. Recuerdo que un día alguien también me llenó de sal, me remojó con esmero, me dejó la desnudez y me guardó celosamente en su nevera hasta hacerme en entremés. Colocar ahora las yautias en el procesador de alimentos, añadir mantequilla y leche hasta hacer una crema densa. Vertir la crema en una olla honda. Añadir perejil, un toque de ajo, cebollas en polvo, perlas pulverizadas, algas azules de las profundidades de Atlantis, ojos de coatí y arena blanca. De tanto jugar al espejo, he olvidado los mapas, las coordenadas, los erizos y los coracoles que transitan mi memoria como ecos que rebotan sobre esta casa hoy vacía; siniestra y oscura como el grito de Munch. Los cuentos sin final maullan en mi mente como gatos en celo que no encuentran su deseo. Trato lo que digo y digo lo que trato, de decir quiero, y sin embargo, trabo y al final, no puedo. Quisiera decir que un hombre de ojos de caramelo y cuerpo de serpiente reposa sobre las yemas de mis dedos, enroscado como un mal reuma, ha entumecido mis miembros con el beso del tonto. Su sueño es tan profundo que temo despertarlo. Tanto lo quiero que a veces, olvido el dolor que me provoca la inercia. Utilizar un Guayo de orificios grandes, rayar la yautia hasta formar una pasta. Añadir sal y poner en cucharadas grandes sobre aceite de ajonjolí hirviendo. Dorar por ambos lados. Papagaya resignada recito noche y día la plegaria dulce del mañana mejor, pero los relojes no avanzan para el hemisferio izquierdo de una cabeza habitada de niños autistas, y el dia eterno me tortura con la promesa del orden. Afuera alguien ha muerto, otro lo encuentra, el resto llora. El muerto conoce ahora lo que a mi me falta. Tiene dos ojos nuevos y el mundo se está desdoblando ante él como un pañuelo blanco. El conoce del agua, yo sólo sé de sed. Colocar las frituras de yautia dentro de la crema. Servir tibio con tostones y ketchup.

Premonición de infancia

Premonición de infancia

Caminar por el mundo con una visión nueva es si acaso una propuesta interesante. Arrancarme los ojos y esperar con paciencia que me nazcan en la cara dos pupilas distintas. Recuerdo que hace 15 años caminaba con mi familia vereda arriba. Ibamos en fila india, descubriendo como buenos exploradores todos los resquicios de la nueva finca del tío Carlos. Y mientras los demás niños veían escorpiones, coaties, cotorras y mangostas, donde sólo habían arboles arrimados a un barranco, yo me tapaba el ojo izquierdo con una mano sucia de tierra, y observaba atenta por el ojo derecho. Nadie prestó demasiada atención cuando expliqué que veía por un ojo unos colores que no veía por el otro. Mi madre soltó una carcajada afianzando aun más sus dedos a mi cinturón, y mi hermana me mandó a callar para rastrear el sonido de las cotorras que sólo ella era capaz de escuchar. Pero insistí e insistí hasta que mi padre preocupado, detuvo su paso frente a mi, y señaló un grueso flamboyán: -¿de que color vez las ojas? me tapé un ojo, me tapé el otro, observé con los dos y respondí: -rojas. -¿Entonces cuál es el problema? No supe qué responderle. Nunca he sabido reconocer un problema más allá de sus sintomas. Continué todo el camino sin decir una palabra. Nisiquiera lo hice cuando una cotorra de alas multicolor se abrió paso entre nosotros como una revelación. Como explicarle que el mismo color rojo poseía tonalidades distintas para cada uno de mis ojos. Que el mismo flamboyán me parecía vivas y alegre por un ojo, y apagado y moribundo por el otro: ¿Cuál era el color verdadero? ¿Qué otros colores veían los demás e ignoraba yo?. Desde entonces lo supe. Nací con la mirada fragmentada, como uno de esos perros alemanes con un ojo azúl y el otro verde.

Duda

Duda

La verdad es frágil
como una fotografía.
Eneidas y medusas conviven sigilosas
entre ángulos y sombras;
los mitos y las mentiras
tienen forma real.
Perseo no acabó con la bestia;
sólo arrancó su cabeza
y nos dejó la duda.